lunes, 8 de abril de 2019

DOCE HOMBRES SIN PIEDAD


(Sidney Lumet, 1957)
#Aleertoca  #eltranviadelamoda

Para vivir en sociedad parece que se necesita estar en consenso continuamente. Seguimos a la mayoría por miedo a ser rechazados. Renunciamos a decir lo que los demás no quieren oír porque nos reconforta sentir que remamos en la misma dirección que todo el mundo. Nos abstenemos de discrepar…

En 1951, el psicólogo estadounidense Solomon Asch realizó una serie de experimentos que demostraron el poder de la conformidad en los grupos: un 37% de los participantes prefería sumarse a una respuesta mayoritaria, aunque supieran que era errónea y opuesta a sus pensamientos.

 La gente dentro de una mayoría, por el mero hecho de serlo, influye en las decisiones de los demás por miedo a la exclusión, al ridículo o a sufrir la indiferencia.
La gente no quiere pagar un precio por ser diferente: expresar en voz alta un opinión que contradice lo común y lo vulgar requiere valentía. Y hoy en día, los valientes escasean.

Qué pena…

Siguiendo la estela de Asch, el neurólogo-economista Gregory Berns investigó con técnicas de neuroimagen para descubrir qué sucede en nuestro cerebro cuando no estamos de acuerdo con los demás. Constató que la disconformidad estaba asociada a un aumento de la actividad de la amígdala, relacionada con las emociones y el miedo, mientras que en el caso opuesto, los niveles de estrés se reducían.

Esa es la razón por la que no es tan extraño sentirse más seguro equivocado con el grupo, que acertado a solas con la verdad.

La importancia de disentir…

La sola mera presencia del debate beneficia la calidad de cualquier argumentación como en la película “Doce hombres sin piedad”.

La historia trata de un jurado que delibera a puerta cerrada si un joven es culpable de matar a su padre. Las pruebas son concluyentes y la primera votación revela la falta de acuerdo. Todos votan a favor de la culpabilidad excepto uno, excepto Henry Fonda.

Los once se impacientan, quieren cumplir el trámite y volver a casa pero el compañero díscolo les convence de que argumenten su respuesta.
La duda entonces va creciendo y la balanza se decanta por la inocencia del acusado. No les hubiera importado una comino enviar a la silla eléctrica y freír a alguien sin tener la seguridad de sus argumentaciones solo porque la mayoría, en este caso, equivocada, votaba directamente culpabilidad. Eran personas sin piedad.
La propia argumentación ponía en duda en el film la conformidad cómoda de la primera impresión.

Y en nuestra vida daría... nos paramos a pensar el daño que hacemos con nuestras vulgares decisiones?

Los Henry Fonda son una excepción porque en la vida real solo un 5% de los veredictos de los juzgados coincide con el que defiende la minoría la primera votación.
La gente siempre se deja llevar pero si al menos un componente discrepara, en un grupo mayoritario, la propia duda haría que se construyeran razonamientos más sólidos. Y esto sería aplicable para cualquier ámbito de la vida.

Es decir, crear la duda en un grupo de “borregos” a veces es necesaria para evolucionar como especie y no dar por sentado ninguna opinión no contrastada y muchas veces interesada de la mayoría.

Disienta por favor…y si se aleja de los “borregos”, mejor.

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