Las mujeres somos desde que se inventaron en el siglo XIX, las reinas de las tiendas por departamentos. El consumismo nos convirtió en su objetivo cuando los nuevos sistemas de producción industrial permitieron producir mucho más rápido muchos mas bienes.
Lo ingenioso de este capitalismo industrializado es que el ciclo de necesidades es infinito, se renueva constantemente. Pero con la aparición de la fabricación en serie el consumo deja de tener como objetivo, cubrir nuestras necesidades y paso a estar directamente conectado con el placer.
Lo que ocurre que el placer no es un estado de ánimo, sino la reacción a un estímulo. Frente a un producto nuevo nos imaginamos en situaciones no experimentadas todavía, de la que suponemos extraemos placer.
Nos importa poco si aquella vez que compramos tal producto acabo a los dos días en el trastero.
La sobreproducción obliga al sobreconsumo y de algún modo el paraíso de las damas agitadas, nunca satisfechas, se convierte también en su prisión.
Debemos alejarnos del culto de los locos despilfarros!!!