lunes, 15 de mayo de 2017

CUANTA VERDAD...PODEMOS DIGERIR?


En las relaciones personales los secretos favorecen el interés, ese afán por querer saber lo que no se sabe, por descubrirlo todo y eso...atormenta la curiosidad.
Pero hay personas que desdeñan al mundo y al prójimo por su falta de transparencia, una honestidad que se les suponía, y a la gente le deprime esa falta de claridad.

Se trata de encontrar a la persona que nos atraiga lo suficiente para adentrarnos en sus secretos y seguir queriéndola. Y contarle los nuestros sin sentir vergüenza.

Ser cristalino. Un valor en alza, pero del que llevamos años haciendo mal uso. Hemos traicionado la importancia que tenía porque si se cree en la palabra de alguien no se necesita ser transparente.

Qué ha sido de eso de dar "tu palabra"?

Por eso el auge que ha cogido este concepto no es un triunfo sino todo lo contrario, síntoma de que la palabra ha perdido su valor. La gente ha conseguido que la palabra...no valga nada.

Entonces, que pasa con las relaciones personales?
Queremos saberlo todo sin tener en cuenta que esa total transparencia suele ser de hecho muy dolorosa.
Hay personas que piensan y afirman que es mejor...no saber.
Si no nos enteramos, no sufrimos y el problema es del otro, del que miente.

Los secretos suelen ser los motores más preciados de las relaciones. Probablemente si supiéramos todo de una persona no sentiríamos atracción alguna por ella.

Conocerse es en realidad el proceso a través del cual dos personas deciden ir descubriendo sus enigmas al otro; deseos, manías e intimidades, fobias y adicciones...ese 10% que nadie más conoce y en el que uno decide libremente cuánto desnudarse y hasta qué nivel de confianza entregarse.

Todo comienza con una voz titubeante. Una sonrisa tímida e infantil y una copa...Lo que seguirá será una conversación llena de silencios, cubiertos por el sonido algo angustiante de un ventilador que empieza a desgranar escrupulosamente cómo percibe el mundo el otro, cómo piensa y en qué trabaja, si está casado o separado, sin perseguir ninguna polémica en ese principio. Solo confesar.

Un viaje sin final hacia el conocimiento mutuo, que también puede permitir descubrir más sobre uno mismo incluso puede resultar erótico con tiempo.
Porque el erotismo precisa del secreto y cuando desaparece lo hace también el interés y la seducción, el juego y el enigma. El erotismo requiere de la existencia de secretos y eso...es la cultura del deseo.

Eso sucede con las aplicaciones digitales dirigidas a facilitar citas sexuales. Un proceso opaco pero transparente a la vez. La transparencia es tan abismal de salida que finalizado el encuentro lo más frecuente es que el interés mutuo decaiga tan rápido como surgió. Como la pornografia, que consiste en despojar al otro de sus secretos, de la parte más intrínseca. Por eso estimula el sexo pero no el deseo de adentrarse en el auténtico ser del otro.

No todo son tabernas ni burdeles ni pensiones baratas.
Lo que viaja por internet son vídeos y fotos de cosas sorprendentes que suscitan sorpresas pero que no suscitan interés. Pornografia sin desnudos, ni secretos, ni erotismo...

Ver por ver sin afán de descubrir.
Comer por comer sin tener hambre.

Igual que guardar un secreto es un deber y una exigencia, también lo es el respeto a la no transparencia del otro. Podemos pedir que no haya engaño...pero no una sinceridad absoluta.

Porque no sabemos cuanta verdad...podemos digerir.

eltranviadelamoda.com


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